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Institucional

DIEZ Y NUEVE PASOS EN EL CIELO

El paso del tiempo trae consigo muchas cosas. Madurez, conocimiento, eso que llaman experiencia. También se cuelan la pereza y la duda.  Cumplir años significa, sustancialmente, contar el tiempo que ha pasado y en todo caso celebrar las condiciones en que nos aprestamos a vivir el que pasará.  Cuando el tiempo pasa además, es como el viento en la playa, sopla y levanta arena y al hacerlo deja al  descubierto agujeros, espacios que ya no están ocupados.

Mayo es un mes singular. Es el momento del año en que suelo pensar en estas cosas, el tiempo y el destiempo. El ánimo y el desánimo. Revoluciones y evoluciones.  Desde hace unos años, cuando arriba el quinto mes experimento la rara sensación de sentir que el alma se me llena de recuerdos e inquietudes de la más variada naturaleza. Algo así como un temporal. Todo aquello que es posible sentir a lo largo de la vida se agolpa para manifestarse a la vez. Esa suerte de tumulto de sentimientos primero me paraliza, luego me inquieta y al final, solo al final, me da paz.  Mientras escribo estas líneas estoy comenzando la segunda etapa, estoy inquieto.

La madrugada me sorprendió caminando por Boulevard España. La presencia fantasmagórica del ombú se me ocurrió como una imagen de cine. Absolutamente solo, recorrí cuatro cuadras hasta cruzarme con otro transeúnte que como yo, caminaba sin apuro, mirando hacia atrás de tanto en tanto intentando divisar un taxímetro. La repentina competencia me desanimó y decidí continuar caminando. En dos semanas, el día diez y seis mi padre cumpliría ochenta años. Una semana después, el veintitrés Juan Diego, mi hijo mayor celebrará veintinueve años. Y luego, para cerrar el mes, el veintiocho yo deberé festejar cincuenta y un años.  Que lío.  Juego con los números en un intento por olvidar lo que significan en esa cuenta.  Ciento sesenta. No significa nada. Pero atención, está el veintinueve de Juan Diego que coincide con la diferencia de años que tengo con mi padre.  Los números se me caen, intento, recién allí me doy cuenta, atravesar  Boulevard Artigas y los semáforos emiten su luz intermitente con un ritmo curioso. Antes de apagarse totalmente, prenden y apagan una, dos, tres, diez y nueve veces. Allí me quedo, incrédulo, detenido en el cantero central del boulevard,  esperando una respuesta, tal vez que el semáforo se encienda una vez más.

En mi repaso mental había dejado de lado otro cumpleaños significativo en mi vida, los diez y nueve años de Arte y Diseño.  El semáforo no volvió a encenderse y el ruido de un motor furioso y solitario señaló a un taxímetro que atravesó el boulevard.  Aquel transeúnte perdido decidió no caminar más, seguramente no tenía nada que decirse a sí mismo.  Entonces sí quedé solo con los diez y nueve años de Arte y Diseño y los ciento sesenta que sumé con mi padre y mi hijo mayor.

Encendí un cigarrillo y al hacerlo escuché la voz de Martín reprochándomelo. Y pude sentir algo muy parecido a la mirada juguetona de Gabriela desaprobando el gesto.  Dos intensas y pausadas bocanadas de tabaco y la culpa pudo más. Continué el camino imaginando situaciones como una gran fiesta, comencé a repasar las caras de amigos y gentes involucradas con la revista que deseaba ver y al llegar a Pablo de María ya estaba claro que la fiesta debería celebrar los veinte años, con lo cual  pasé el problema para el año próximo. Las fiestas, que tema, como me cuesta organizarlas, no las disfruto y me complican demasiado. Otro asunto para la terapia. Con respecto a los amigos y las gentes que espontáneamente vinieron a mi, decidí que debería visitarlos. Luego de presentar los originales del número en que estoy trabajando ahora a la imprenta me ocuparé de llamarlos. Ahora me quedaba pendiente algo y no lograba descifrar que. Camino en repecho, suave pero lo noto, la calle Jackson tiene mucho que ver con mi adolescencia. Por esta calle solía caminar cuando regresaba de la Scuola Italiana, cuándo esta funcionaba en el centro, esto es en el siglo pasado.  El “Cisne”, otro bar que ya no está, otro hueco que señala una ausencia que inevitablemente asocio a mi padre, que tampoco está. En su lugar la esquina ahora vende ruido en stereo y para automóviles.  Me aproximo a la avenida 18 de julio y descubro que solo me impaciento ante la necesidad, ignoro por qué, de tener que elegir si continuó por la avenida o si busco la calle Colonia. Que dilema. Opto por concentrarme en la revista y sus contenidos y lo hago con tal naturalidad que ya no existen dudas, este es el tema pendiente que minutos antes no lograba descifrar.

Mientras camino por el medio de la avenida 18 de julio, tan solo como Will Smith por Manhattan en un film cuyo nombre no recuerdo, mi preocupación no es evitar que me maten o descubrir la guarida del forajido de turno, es la relación que tengo con Arte y Diseño  diez y nueve años después. Me siento enamorado como al principio. La pasión y las ganas me desbordan a las cuatro y media de la mañana de un jueves, en vísperas del quinto mes del año.  Así recupero la imagen clara del despacho de Lalo Scheck, sobre la Plaza Libertad y con la terraza compartida con el gran cartel electrónico que emitía los titulares de último momento.  Era el año 1992  y “el Arquitecto” recostado sobre su gran butaca se acomodaba los lentes mientras yo le hablaba de mi inquietud por generar una publicación para celebrar al diseño como una herramienta humana vinculada a la rutina cultural de los hombres. Para hablar de Arquitectura y ayudar al prójimo a descubrir las diferencias de ese gesto magno con el de la construcción. Para decodificar los mensajes del arte y contribuir a la difusión y promoción de los jóvenes autores.  Recuerdo que el énfasis de mi discurso estaba en la mirada local hacia esos temas de naturaleza universal.  También vino a mí la imagen de  Werther Straumann en su local de la calle Rincón. Rematador especializado en objetos coleccionables fue el primer avisador con que contó Arte y Diseño. De esa primera entrevista nació una amistad entrañable cuyo recuerdo ni siquiera la muerte puede quebrar. Y  Carlitos Pilavdjian que me atendió en el mostrador de Incuer en la calle Serrato y sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, revisando cueros, me compró la contratapa por seis meses.  Y a Aruelia Bia que sin conocerme me bendijo con su confianza.  Luego llega Jorge Abbondanza en la vieja redacción del diario El País. Con su gesto serio que escondía todo el cariño de que un hombre es capaz. Y a la inefable Andrea Curzio que mientras me explicaba el intrincado mundo de los espacios y las tarifas se resistía a creer que pudiera salir a la calle todos los meses con ARTE Y DISEÑO. 

Al llegar a la calle Yi el entusiasmo decae y la alegría se disipa. ¿qué hice en estos últimos años con todos estos recuerdos?.  Casi sin darme cuenta llego hasta mi apartamento en la calle Mercedes. El mismo en que vivió sus últimos días y horas mi padre. Al ingresar me preparo un café. Sigo solo y en silencio.  Desafiando a Martín y a Gabriela enciendo un cigarrillo. Estoy dispuesto a todo, para empezar a terminarlo sin desperdiciar una sola bocanada. 

Repaso mentalmente todo lo hecho en estos últimos diez y nueve años que de golpe me pesan demasiado. Primero fue la inquietud por hacer. Generar un espacio distinto, para contar historias. Siento que entonces me resultaba fascinante. Jamás hasta ese momento, había pensado en las cuestiones prácticas que demandaba la empresa que me proponía. Convencer a los operadores comerciales, generar negocios para financiar la publicación. Bien pronto descubrí que gestionar la venta de publicidad demandaba igual tiempo, y en mi caso mayor esfuerzo, que concebir y producir los contenidos.  Y el éxito que se manifestó temprano, de manera irregular,  pero de inmediato. Entonces la gestión me atrapó. Al principio la publicidad que comercializaba estaba muy vinculada a los contenidos. Luego, en algún pasaje de los últimos doscientos veintinueve meses, recién ahora lo veo con claridad, me perdí. Las crisis económicas que vivió el mundo, la región y el país, me chuparon tanta energía que creo que durante algún tiempo funcioné con bombitas de bajo consumo.  Y la locura, el vértigo. Los programas de radio, la televisión, las exposiciones, las ediciones especiales, los libros.  Y el nacimiento de Arquitectura y Diseño, la segunda revista. Todo ello, sumado al vigor con el cual crecieron mis seis hijos, la infinita paciencia de dos madres y la necesidad de continuar haciendo, me mantuvieron bien entretenido hasta ahora, que ya no alcanza. Apuro los restos del café que ya está frío y me sorprende un recuerdo que me sobresalta. Una mañana de lunes, exactamente un mes después del infarto. Intentando re ordenar la vida y pronto ya para retomar la rutina…  “llegó el momento de vivir…”, me dije a mi mismo, “…necesito recuperar mi eje, para lo cual es imprescindible ubicar el norte, tirar la brújula imantada y comenzar a buscar en las estrellas… y lo que debo hacer hoy, ¿es lo que haría si fuera hoy mi último día?  Con esa pregunta dio comienzo  un proceso de sinceramiento que si me hizo sufrir mucho, me trajo paz, tranquilidad y me permitió recuperar el equilibrio para continuar caminando, haciendo.  No puedo evitar la risa, es que debo confesar que no logré resolverlo todo, pero ciertamente escapé del estancamiento.  Así de fácil resumí en dos cigarrillos y una taza de café lo vivido en los últimos diez y nueve años.  La conciencia de todo lo que he dejado afuera me incomoda.

De manera anticipada paso a la tercera etapa en mi proceso anual. La paz llega con la razón de la sin razón.  Al dejar de buscar respuestas para preguntas que no existen. Al asumir que si todos los días pueden ser el ultimo, no hay tiempo para perder. Renuevo los votos con mi amante la revista. Decido que ejerceré el periodismo y que tentaré con ganas al prójimo proponiéndole desde las páginas de la revista todo aquello que diez y nueve años atrás me movilizó a crear esta publicación.  No puedo dormir y ya no importa. Mayo aún no comienza pero este año he decidido anticiparme al viento que trae el pasaje del tiempo con él.  Sopló y la arena vuela. Y aparecen los agujeros que señalan ausencias y pendientes. Los primeros no deben ser ocupados. Los segundos deben. Tengo ganas.

Es curioso como la memoria reciente le gana a todo. La imagen con la que me viene el sueño tiene apenas unas horas. El pasado fin de semana, en otra noche desvelada, encendí el televisor para ver una película en DVD. Contaba la historia de un hombre que aguardó treinta años para poder ejecutar una obra de Tchaikovsky. Esa asignatura pendiente lo mantuvo aletargado mientras la vida era.  Su obsesión era encontrar una violinista especial con la cual interpretar al genial maestro en su concierto para violín y orquesta y en la experiencia tentar alcanzar la plenitud de la armonía. “El Concierto”,  así se titula el film, me llegó especialmente. Recién ahora descubro la razón.

Este año celebraré  al tiempo de una forma distinta. Sin nostalgias ni muestras de fatigas. Con ganas, muchas ganas, y la entrega desmedida que solo puede explicar la pasión, el amor. Y el compromiso de honrar a la vida, haciendo solo lo que quiero, como quiero y sin ahorro alguno. Que todo comienza caminando diez y nueve pasos en el cielo, preparándome para mi gran concierto. El violín, amigo lector, queda en sus manos.