El resultado del concurso del Antel Arena nos desconcertó, tanto como para intentar descifrar su resultado. Fue así que accedimos a la presentación del proyecto elaborado por el equipo multidisciplinario dirigido por los arquitectos Javier Pirez Marie y Federico Mirabal Pietra, asociados con el estudio Metro de Brasil para ese concurso. Nos conmovió verificar de qué se trataba y, al mismo tiempo que aumentó nuestra confusión ante el resultado, nos alentó a buscar a los profesionales, conocer con mayor detalle su propuesta. En el equipo de trabajo conformado para este concurso, Pirez Marie y Mirabal Pietra, además de contar con el singular apoyo del estudio paulista, sumaron a las arquitectas Beatriz Birriel y Mariana Cáceres, al historiador Carlos María Gutiérrez y a la licenciada en Historia, profesora María Inés Lizaso. El resultado es la siguiente producción periodística, basada en una entrevista. Importa saber que si no es común entrevistar a quienes en un concurso obtienen el segundo puesto —esto es, no son los ganadores— la cultura uruguaya, tan adepta a celebrar cuartos puestos o disputar torneos eliminatorios, que nosotros tanto hemos cuestionado en el pasado, ahora nos vence, al integrarnos ante la necesidad de comentar un hecho importante cuya resolución no llegamos a comprender. De alguna forma, con el siguiente informe que compartimos con ustedes, nos atrevemos a pensar que la alternativa que el jurado premió en segundo lugar de este trascendente concurso era mejor.
Cuando el pasado 12 de noviembre (2014) se anunció el proyecto ganador para el estadio poli funcional Antel Arena nos sorprendimos. El proyecto ganador no solo negaba totalmente al edificio pre existente, el Cilindro de Viera, sino que además proponía una arquitectura de concepto internacional, con la cual no experimentamos a priori ninguna vinculación social o cultural. Más aún, no logramos imaginar cómo se adaptaría a la trama urbana de una Montevideo en la cual la obra de Viera ya estaba íntimamente vinculada a la memoria colectiva. Nos llamó la atención, además, que el proyecto en cuestión eliminara los restos del célebre edificio, un ícono de la Arquitectura y la Ingeniería mundial, gracias a la cual nuestro país ingresó, de la mano del singular Viera, al Olimpo de las grandes obras. 
Para el concurso se presentaron en total 73 propuestas, de las cuales se eligieron 5 como finalistas. Estos 5 equipos debieron presentar un anteproyecto avanzado donde se debían ajustar detalles del proyecto, como definición de tecnologías a aplicarse y materialidad de la construcción. Finalmente obtuvo el primer puesto el proyecto presentado en la primera etapa por los arquitectos Pablo Bacchetta y José Flores. Importa saber que en la primera etapa el jurado señaló al proyecto de Pirez y Mirabal Pietra como el primero, esto es, como el proyecto merecedor del primer puesto en el concurso, situación que cambió radicalmente para la segunda etapa. 
La presentación de estos arquitectos contaba, además, con el respaldo de numerosos asesores, entre los que destaca el Estudio Metro de Brasil y las arquitectas Beatriz Birriel y María Inés Lizaso. También se sumaron historiadores como Carlos María Gutiérrez y María Inés Lizaso. La propuesta, además de mantener vivo al viejo Cilindro, rendía un homenaje singular a la figura de su creador, Leonel Viera. El viejo Cilindro, malherido, pero no de muerte, se vinculaba en este proyecto a la historia de la civilización, ubicado en la cadena como una pieza singular, sorprendentemente singular, en línea con el Panteón Romano, la catedral de Santa Sofía en Constantinopla, los domos de Florencia de Brunelleschi y de San Pedro de Miguel Ángel, la estructura geodésica de Buckminster Füller y la de Albert Speer. Con la desaparición del Cilindro, los uruguayos hemos perdido la posibilidad de ilustrar a las nuevas generaciones acerca de lo que nuestra sociedad fue capaz de generar y advertir, con la mera recordación, lo que es posible engendrar. 

El concurso, la demanda y el resultado
Conviene saber quién conformó el jurado de este concurso, es importante desde que la decisión de ese grupo de hombres y mujeres, profesionales que representaban a los principales actores involucrados en el emprendimiento, afecta ya no solo a la trama ciudadana, también a la memoria colectiva de una ciudad que continúa debatiéndose entre la opción de negarse a sí misma o ideologizarse hasta extremos incomprensibles. 
En la primera etapa, el jurado del concurso estuvo integrado por el arquitecto colombiano Giancarlo Mazzanti en representación de Antel, y los arquitectos uruguayos Ángela Perdomo, representante de los concursantes, Gustavo Scheps (Sociedad de Arquitectos del Uruguay), Juan Pedro Urruzola (Intendencia Municipal de Montevideo), y Rafael Viñoly (Antel). El jurado que intervino en la segunda etapa estuvo integrado por los arquitectos Mariano Arana (Intendencia de Montevideo), Ángela Perdomo (electa por los concursantes), Gustavo Scheps (Sociedad de Arquitectos del Uruguay), Rafael Viñoly (Antel), y el Ing. Carlos Soubié (Antel).
Ahora bien, al repasar lo que el concurso pedía a los participantes verificamos que si bien no era una exigencia el mantenimiento del viejo edificio de El Cilindro de Viera, tampoco se establecía claramente su demolición. Curiosamente, las menciones al edificio de Viera se limitan a la inevitable alusión que imponía la necesidad de señalar el lugar, con lo cual la valoración de la importancia del mantenimiento o no del edificio del Cilindro recuperado o el mantenimiento de sus ruinas a modo de homenaje quedaba en manos de los integrantes de un jurado al que todos asumimos como hombres y mujeres sensibles a la historia y la memoria colectiva de una ciudad que necesita referencias. Nada de esto sucedió y en todo caso, tanto los organizadores y promotores del concurso como los integrantes de los jurados se concentraron en otra cosa, en la elección de la “obra más importante del siglo XXI en Montevideo”. 
El concurso señalaba que el Antel Arena se concebía como “… un estadio multifuncional de alta tecnología constructiva y de equipamientos, capaz de adaptarse a las diferentes necesidades de uso, a saber, recitales artísticos, conciertos, y espectáculos deportivos (torneos de básquetbol, tenis, futsal, etc.). Comprenderá un recinto cerrado polideportivo y de espectáculos, junto a otros espacios focalizados en programas de inclusión social, entre ellos un importante espacio de parque urbano de nuevo cuño. Se trata de un emprendimiento llamado a jugar un papel destacado en el país a causa de su escala e impronta funcional y simbólica. Será una de las principales obras del Uruguay del siglo XXI. Debe ser altamente flexible, permitiendo el soporte de múltiples eventos y variadas tecnologías que evolucionarán a lo largo del tiempo. Esta flexibilidad refiere a todos sus componentes. Sin limitarnos a ello, con el objetivo de explicar mejor este concepto, se mencionan los siguientes ejemplos: En el caso del recinto cerrado se debe considerar la adaptabilidad de las tribunas a diversas configuraciones, con asientos retráctiles y móviles en la platea baja de manera de obtener el más amplio espacio libre a nivel de la cancha, para que esta permita albergar la mayor cantidad posible de conformaciones de acuerdo a las diversas actividades, con distintos armados y facilidad de montaje…” 
Sin ingresar en el cuestionamiento sobre la necesidad o no de un formato arquitectónico Arena, tampoco sobre la eventualidad de la importancia de mantener o no a un ícono como El Cilindro de Viera, nos llama la atención la poca importancia asignada al punto de vista nuestro al momento de concebir un gran espacio destinado a la cultura y la tecnología. En lo personal debo confesar que no tengo claro que los uruguayos seamos Arena, es más, me inclino a pensar en que somos más estadio, con lo cual quedaría zanjada una de las primeras diferencias con el concurso. Lo que se pedía se nos presenta como la imposición de un formato yanqui de concebir la cultura. Y creo que todos podemos convenir que en esta hora en la que forzosamente somos latinoamericanos, el formato debía ser otro. Todas las exigencias que presentaba el concurso descansaban en la necesidad de generar un importante espacio en el baricentro de Montevideo, con capacidad para contener toda la tecnología posible, reunir a miles de personas y poder generar tanto espectáculos musicales, como deportivos en cantidad y simultaneidad. 
El resultado sorprendió a todo el mundo. Nadie imaginó que finalmente el Cilindro desaparecería, que no fuera posible retener un fragmento de muro, una referencia mínima desde lo físico, para un edificio que fue señalado en el mundo entero como una genialidad que se adelantó tecnológicamente cien años y que en la visión de la crítica mundial superó a los mejores ejercicios de monstruos de la talla de Sarrinen, por citar solo un ejemplo. 
Entre los 73 proyectos concursantes fueron muchos los que de una u otra forma apelaban a Viera, a su edificio, para resolver la idea. Entre los pocos que no lo consideraron, el jurado halló al ganador. Curiosamente el segundo puesto, que en este tipo de instancias se valora como la alternativa posible, aparece un proyecto que no solo se basaba en el mantenimiento de El Cilindro de Viera, sino que le rendía un sensible y singular homenaje. Presentadas así las cosas, nos queda la impresión de que el jurado de la segunda instancia debatió entre olvidar o recordar a Viera. Eligió internacionalizar un sector importante de la ciudad, apoyándose en un formato norteamericano, descartando la opción de mantener una idea uruguaya, un valor latinoamericano, una referencia mundial. 

La implosión, todo un símbolo
Las sociedades se manifiestan por acción u omisión, lo que equivale a decir que piensan y sienten y aun desde el silencio cuentan cosas. Aun cuando no logramos comprender al jurado de la segunda etapa de este concurso, nos inquieta y mucho la señal que emitieron. Al dirimir entre un formato y otro, emitieron una clara señal que nos niega culturalmente y nos extranjeriza. Negar a Viera es negar lo mejor del aporte uruguayo a la historia de la arquitectura mundial, es negar los mejores momentos de la cultura uruguaya que entonces se despegaba de Europa, se mantenía alejada de los Estados Unidos y al mismo tiempo guardaba distancia de Latinoamérica. Cuando se opta por generar un Arena se está escogiendo el camino de la no singularidad, esto es, la impersonalidad. Si algo caracteriza a este formato de edificios es precisamente la ausencia de referencias vernáculas. Y allí nos perdemos. La decisión de buscar a Javier Pirez Marie y a Federico Mirabal Pietra se apoyó en la inquietud por promover la alternativa. Entrevistar a los segundos supone un acto de rebeldía en el que nos manifestamos. El edificio de Viera ya no está físicamente, pero tanto los integrantes de este jurado como las autoridades que promovieron el concurso ingresarán a la historia como responsables de una elección que seguramente el tiempo cuestionará al señalar como de difícil comprensión. El patrimonio cultural de una sociedad se apoya tanto en lo material como en lo inmaterial. Ahora, al pensar en el Arena, muchos recordaremos con más fuerza al viejo Cilindro. Y Viera y su Cilindro ya forman parte de la memoria colectiva; son un patrimonio inmaterial al que no se podrá negar, aun cuando la música suene fuerte y en cuatro espectáculos simultáneos.