Este soliloquio, tal vez el más famoso del drama español ocurre en el primer acto, cuando Segismundo piensa en su suerte y en la vida.  De tanto en tanto, el amigo Calderón (1600-1681) como tantos otros amigos, regresan a mi memoria para ayudarme a entender y comprender las cosas que me suceden tanto a mí como al entorno que habito.  En este caso un entorno donde el hastío electoral y la sensación de orfandad ciudadana en el que todos vivimos, hace las cosas, dólar mediante, un poco más difíciles. Inestables, líquidas. Y es curioso ya que uno no se siente mal. Tampoco se siente bien. Es más, creo que apenas se siente. La idea de que nadie habrá de ocuparse de nosotros nos condena al ostracismo y nos ensimismamos de tal manera que comenzamos por habitar un mundo otro, donde el prójimo no existe. De tal estado de cosas solo nos rescata la necesidad de ser felices y la idea de la felicidad que a veces se confunde con el estado de alegría, uno es permanente mientras el otro es efímero, nos sorprende a partir de la imposibilidad de un decreto, nadie puede ordenarnos, nosotros mismos no podemos obligarnos a ser felices. La sorpresa llega cuando aparentemente no somos. Cuando soñamos.  Y ahora percibo que siempre ha sido así. Un sueño. Y si, la vida es sueño, sueño soñado con ganas, soñado inconscientemente o simplemente soñado y no recordado, como a tantos les sucede al bajarse de la cama. 

Así de cansado por el entorno, he descubierto que soy feliz, mucho más de lo que creía. Y la culpa las tienen mis noches, noches en las que sueño con realidades modificadas, con cambios estructurales, con ideas que me vinculan con el otro y me llevan, al despertar, por caminos donde ya no hay lugar para problemas abstractos. Y entonces siento pena por el  político que por trasnochar ya no sueña, con el empresario que al dormir, no sueña, y con el amigo que por sufrir demasiado, tampoco sueña.  Y repaso mi historia para verificar que en la vida, lo que realmente me ha salvado es la capacidad de soñar. Cada noche y muchas veces durante el día. 

Este dos de mayo se cumplieron 23 años de la primera edición de ARTE Y DISEÑO.  Siempre en viernes, entonces se trataba entonces  de un manojo de nervios desatados que intentaban contenerse en 32 páginas de papel de diario con el color limitado a tan solo cuatro páginas.  Eran tiempos felices, donde los sueños se devoraban las horas y las pesadillas se limitaban al simple gesto de la vigilia, momento que por otra parte también se ocupaba de guardar celosamente lo soñado antes para intentar seguirlo después.

Integro la generación de la bisagra. Esto es ni soy de aquellos que sacudieron a la nación con ideas libertarias y románticas que confundieron revólveres con flores,  ni termino de pertenecer a la que se lleva el mundo por delante a fuerza de convicción, apremio temporal  y ligereza. Y confunde chips y monitores con flores. He quedado atrapado en el medio intentando hacer lo que puedo. Con lo que queda de unos y con todo lo que suponen los otros.  En ese esfuerzo he debido enfrentar, entre otras cosas, a la tecnología que se presenta como una herramienta facilitadora que a la vez condena. Recuerdo a Baumann y asumo que esta herramienta de la tecnología aplicada a los medios de comunicación, pienso concretamente en la Internet y todas sus variables de aplicación, guardan estrecha relación con esa modernidad líquida en la que aún estamos navegando por mares calmos que claman por alguna ola que nos conmueva a todos. 
Por alguna razón los amigos de la vida se han ido reduciendo. Ausencias inevitables se asocian con exigencias que uno lo sorprendieron caminando, la amistad en tiempos líquidos es un asunto serio, entonces es necesario reservarse, que soy lo único que tengo, entonces, me guardo solo para quien vale la pena.  Fue así que una noche soñé que me integraba al mundo y viajaba todos los días sin necesidad de moverme de mi silla. Al día siguiente, descubrí  la internet.  Y de esa forma entendí que la amistad es un concepto que ha cambiado, y entonces comprendí mi desfasaje con el entorno.  Y las manifestaciones del cambio son tan claras que no logro entender como no las percibí a tiempo. Cerraron los cafés de las esquinas, las reuniones sociales se convirtieron en un problema, todos estamos más agresivos. Los programas de radio perdieron su nivel cultural, la televisión multiplicó sus horrores. Y los amigos del alma, al igual que yo, se han encerrado en sí mismos.  Así es que la internet aparece como el  nuevo café de la esquina, en la que es posible encontrarse con gentes que comparten inquietudes y necesidades. Pero ya no hay café, ni rostros vivos, ni la necesidad de intimar. Es algo así como una nueva versión de la relación humana. A la distancia y con inquietud medida y controlada.  

Así las cosas comencé a navegar y a descubrir gentes de aquí y de allá. Y si el descarte ha sido grande, no menor ha resultado la pesca. He conocido personajes tan locos como para compartir poesía y música. Otros diletantes al extremo de comentarme sus pareceres acerca de temas tan pasados de moda como la necesidad de entender la existencia o tan pesados como para comentar acerca de la importancia de la matemática cuántica. Uno de ellos se llama Rafael Rubio. Y no es virtual, como algún distraído podría pensar. Es chileno y el hecho de no conocernos personalmente no niega la existencia de ninguno.  Rafael formó un grupo en la red y lo denominó “hijos de los sueños”.  Gracias a él y su sitio y por supuesto a sus llamadas en mi Fb, me entero de una historia singular y apasionante, una historia real que me llevó hasta Calderón y que me ayuda a comprender que solo es posible vivir soñando.  Se trata de la historia de los “senoi”, una tribu malaya que confieso ignoraba existiera. 
En los años treinta el antropólogo británico Pat Noone, explorando la isla de Malaca, se encontró con la tribu de los “senoi”.  Descubrió en ellos una forma de vida curiosamente pacífica y feliz: no se conocían casos de crímenes ni de violencia.  Noone se preguntó qué es lo que hacía a esta tribu tan diferente del resto. Y descubrió que lo que fundamentaba la cultura “senoi” era el ritual de compartir los sueños.  Cada mañana, las familias, formadas por un gran número de personas, se reunían para explicarse los unos a los otros sus sueños y discutirlos. En cuanto un niño había aprendido a hablar se le animaba a que contase sus sueños a los demás. De este modo, se iba familiarizando poco a poco con su mundo interior y con el de las personas que lo rodeaban. El sueño es el momento en el que el sabio y el loco que están dentro de nosotros se cuentan sus secretos. Los” senoi” lo saben. Creen que los personajes que aparecen en sus sueños son los espíritus de animales, plantas, árboles, montañas y ríos. Y piensan que haciéndose amigos de ellos podrán aprender cosas que nunca llegarán a conocer por medio de sus sentidos. Si un niño sueña que es perseguido por un animal y se despierta aterrorizado, su padre le animará a que haga frente a su perseguidor en otro sueño. Si el animal es muy grande y el niño no se atreve a plantarle cara, le aconsejará que llame a sus hermanos o amigos para que le ayuden a luchar contra él en sus sueños. Los “senoi” saben que del miedo se aprende mucho: pocas emociones activan tanto nuestra mente. Por eso, enseñan a sus hijos, cuando estos se van haciendo mayores, a que establezcan buenas relaciones con las figuras de sus sueños que en un primer momento les atemorizaban. Saben que lo mejor que les puede pasar es que sus objetos de temor acaben convirtiéndose en sus consejeros.
Los “senoi”  utilizan sus sueños para perder el miedo al miedo, que es lo que realmente paraliza a los seres humanos. 
Hace 23 años soñaba con muchos proyectos para mi vida. Y he logrado cumplir prácticamente todos, mis “pendientes” son cada vez menos. Uno de ellos, era producir y editar una revista que contribuyera a la calidad de vida de los lectores. Si, un proyecto editorial basado en la promoción del concepto del buen diseño y que a partir de la divulgación de información permitiera que todos consumiéramos mejor lo que no es posible consumir de otra forma, la arquitectura, el arte, la literatura. La decoración, flanco trivial del proyecto, ayuda y mucho a poder generar el acercamiento imprescindible para que este sueño se materialice. Y así ha sido. Y hoy, 23 años después, al papel le agregamos, con el cuidado del caso las herramientas de la tecnología, como el Fb y todo lo que ofrece la internet. 
Continúo soñando, como al principio, y he aprendido de mis sueños algo muy importante. A compartirlos, es por esa razón que en mi Fb personal es posible hallar la música que me gusta, a los poetas que suelo leer y también las reflexiones que genero, día tras día, como en un sueño del que no quiero despertar.  Hoy, mi viejo sueño es una realidad incontrastable que lleva 23 años de ser. Cada mañana amanezco con la imagen de los amigos con los cuales en otras noches también soñé mi sueño. Y cada amanecer suma nuevos rostros.  Y desde hace unos pocos meses, a mis sueños acuden mis hijos Juan Diego y Martín, Martín y Juan Diego,  que serán los responsables de mantener vigente el combate a la vigilia. Que después de todo, la vida debe seguir siendo un sueño.